En 1984 IBM presentó su PC-AT, con procesador Intel 80286, bus de expansión de 16 bits y 6 Mhz de velocidad. Contaba con hasta 512 KB de memoria RAM y un disco duro de 20 MB junto con un monitor monocromático. El precio de venta era de 5.795$.

Por aquel entonces el psiquiatra norteamericano Craig Brod acuñó el concepto de tecnoestrés definido como “una enfermedad de adaptación causada por la falta de habilidad para tratar con las nuevas tecnologías del ordenador de manera saludable”.

Actualmente la tecnología nos inunda: smartphones, tablets, portátiles, smartwatches, smartglassess, smartTV y un largo sinfín de artilugios que nos simplifican y complican la vida muchas veces a partes iguales.

Evidentemente la formación no ha quedado al margen de esta situación y la formación online, a través de realidad virtual, etc. avanzan a pasos de gigante y continúan penetrando en nuestras vidas.

Lo que a priori puede parecer fantástico, en ocasiones puede convertirse en una fuente de estrés y enfermedad dando lugar al llamado tecnoestrés.

Dentro del tecnoestrés podemos diferenciar muchas divisiones, aunque me centraré en dos: tecnoansiedad y tecnoadicción.

La tecnoansiedad es un tipo de tecnoestrés donde la persona experimenta tensión y malestar por el uso de algún tipo de TIC. Esta ansiedad hace que se generen pensamientos de escepticismo y negatividad hacia las nuevas tecnologías. La persona percibe que no cuenta con los recursos suficientes (habilidades, actitudes…) para hacer frente a las demandas de la tecnología que debe utilizar.

Por otro lado está la tecnoadicción que es un tipo de tecnoestrés que se caracteriza por una incontrolable compulsión a utilizar las TIC durante largos periodos de tiempo y en todo lugar. Las personas tecnoadictas siempre quieren estar a la última en tecnología y acaban con una fuerte dependencia a éstas que llegan a ser el centro a partir del cual desarrollar sus vidas.

Partiendo del ejemplo de la formación online, los alumnos y profesores participantes pueden ser víctimas del tecnoestrés en cualquiera de las dos variables que hemos visto. Los profesores pueden verse en situaciones de elevada ansiedad por tener que manejar una tecnología a la que no están acostumbrados, con multitud de herramientas de dinamización, infinita información y, por qué no, con potenciales problemas y fallos.

Por su parte los alumnos que acceden a un curso online también pueden encontrarse con situaciones que le generen tecnoestrés. Lo habitual es sufrir tecnoansiedad y percibir que no se tiene la capacidad para manejar la plataforma de formación. Si ésta además tiene muchos fallos de conexión o de compatibilidades esta situación puede agravarse; además de aumentar el número de abandonos.

Menos habitual es la situación contraria, donde alumnos o profesores se enganchan al curso de tal forma que no pueden dejar de acceder, probar cosas nuevas, solicitar mayor información, etc.

Por lo tanto, cuando una empresa decide realizar una formación online primero debería hacer un estudio previo de las características de los participantes y adelantarse a posibles situaciones estresantes que dificulten el normal desarrollo del mismo.

Una vez detectado el tecnoestrés, la lucha contra esta enfermedad se puede librar desde diferentes niveles: individual y organizacional.

En el plano individual se suele optar por técnias de relajación, meditación encaminadas a cambiar las emociones.

Por su parte el plano organizacional también es muy importante puesto que cuenta con muchas herramientas para prever posibles situaciones de tecnoestrés como herramientas para luchar en su contra (formación previa, participación en la toma de decisiones, rediseño del puesto de trabajo, etc.).

No cabe duda que el tecnoestrés puede ir en aumento debido a las nuevas y constantes exigencias de las TIC fruto de su evolución, por lo que una buena estrategia empresarial es clave para minimizar, si no evitar esta lacra del siglo XXI.

Categorías: Formación

Jose Luis Balaguer

Psicólogo, auditor de formación bonificable, master en Dirección y Gestión de RRHH y técnico Superior en Prevención de Riesgos Laborales. Me gusta escribir, las nuevas tecnologías, el deporte y la naturaleza. Actualmente trabajo como técnico de formación.

2 commentarios

Xavi Jacomet · 21 mayo, 2018 a las 10:44

Un interesante artículo. Me gustaría matizar una percepción que tengo en referencia al tecnoestrés: Creo que el tecnoestrés está íntimamente relacionado con lo que espera la sociedad de nuestras habilidades. No es el mismo tecnoestrés el que tiene un usuario avanzado que quiere aprender programación; que el usuario que quiere aprender a hacer funcionar su smartphone, cuando el resto de compañeros de su edad ya lo saben utilizar con fluidez.
En el primer caso, aunque ya domine las TIC, quiere tener un “plus” (un “plus” difícil ya que se trata de una concepción nueva de las TIC, o sea su código interno), sabe que la sociedad no le exige saber de programación, pero por motivación propia lo va intentar, con la ansiedad que puede provocar. En el segundo, ve que todo el mundo está utilizando con soltura el smartphone, y es consciente de la presión social que le transmite la sociedad sobre que debería saber cómo utilizarlo, y esa presión puede ejercer un impacto negativo, resultando en un tecnoestrés que haga que la persona se cierre en banda y no quiera aprender.
Saludos,

    Jose Luis Balaguer · 21 mayo, 2018 a las 16:08

    Gracias Xavi por haber dedicado unos minutos a la lectura del post. Aportas un punto de vista realmente interesante. Comparto totalmente lo que dices. Además de nuestra percepción de la distancia existente entre nuestro punto de partida y lo que queremos alcanzar (no entiendo nada de informática y quiero aprender a manejar un smartphone), también debemos tener en cuenta la distancia entre nuestro punto de partida y lo que espera nuestro entorno de nosotros, que no siempre tiene que coincidir con nuestro objetivo. A todo ello habrá que sumar nuestras características personales y la forma en que interpretamos todos estos mensajes que matizarán y modularán nuestra “respuesta de estrés”.

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